Literatura

Los códices mixtecos prehispánicos conforman un importante grupo de documentos cuya temática principal es la narración histórica y genealógica de los diversos linajes que gobernaron en el Posclásico. Los que sobrevivieron a la conquista española son los códices BodleyNuttallVindobonensisSelden y Colombino-Becker. En vez de hablar únicamente de seis códices, en realidad se trata de ocho relatos histórico-pictográficos, elaborados en distintas épocas y por diversos autores, pues muchos se componen de una parte anversa y otra reversa que no constituyen una unidad.

Los manuscritos prehispánicos que sobrevivieron a la Conquista española son los códices BodleyNuttallVindobonensis,Selden y Colombino-Becker. Aunque en rigor el Códice Selden fue terminado a mediados del siglo XVI, se considera de origen prehispánico debido a que no existe ninguna influencia española en su elaboración.
Sin embargo, de aquí en adelante voy a referirme a ocho relatos histórico-pictográficos en vez de hablar únicamente de seis códices. Es decir, estamos en realidad ante ocho documentos históricos elaborados en distintas épocas y por diversos autores. Para explicarnos mejor: la mayoría de los códices prehispánicos que hemos ya enlistado, se componen de una parte anversa y otra reversa que no constituyen una unidad; el Códice Nuttall, por ejemplo, tiene escrito por ambos lados dos historias distintas que no se relacionan entre sí, no son continuación una de la otra y además fueron elaboradas por varios artistas en diferentes épocas.
El lado anverso del Vindobonensis registra un extraordinario relato sobre los orígenes del mundo según la cosmovisión mixteca, pero en la parte del reverso contiene una relación sucinta de la genealogía de Tilantongo que fue elaborada en una época más tardía. De esta manera, me parece que los códices nos muestran un panorama aún más amplio de lo que se había imaginado, pues es posible analizarlos de manera separada y cuidadosa y no únicamente abordarlos de manera global. Vistos así, cada uno de los códices mixtecos narra, por lo regular, la historia genealógica de un solo señorío con puntos de vista muy particulares y propios del linaje que los mandó elaborar, pero que enriquece la narrativa histórica con diversas tradiciones que en muchas ocasiones no llegan a coincidir.

Los Zapotecas desarrollaron un calendario y un sistema logofonetico de escritura que utiliza un glifo separado para representar a cada una de las sílabas de la lengua. Este sistema de escritura es uno de varios candidatos de los que se piensa que han sido los primeros sistemas de escritura de Mesoamérica y el predecesor de los sistemas de escritura desarrollado por las civilizaciones maya, mixteco y Azteca.

Este es un fragmento de un mito que demuestra la gran habilidad de los zapotecas para la literatura:

ORIGEN DEL FUEGO

En un principio el mundo fue húmedo y frío, la comida cruda, el cielo oscuro. El reto inicial, la tarea más urgente de los hombres-animales, los héroes-ancestros, fue conseguir el fuego. Con el fuego surgen la las sociedades organizadas, la cultura, la cerámica. Los guardianes del fuego, los dioses viejos del hogar, son los más antiguos; los relatos sobre el origen del fuego, de igual manera –y casi universalmente–, anteceden a los que nos cuentan la aparición del Sol y la Luna, del maíz.
El fuego tiene su dueño. Lo guardan celosamente un viejo, una vieja, los diablos; en algunas ocasiones se dice cómo lo obtuvieron –una versión mazateca cuenta de una vieja que lo toma cuando se desprende de una estrella, descascarada. Rara vez se describe a sus primeros poseedores, como en el caso cora:
“Era un viejo alto, estaba desnudo, cubierto con un taparrabos de piel de tigre; tenía los cabellos parados y le brillaban espantosamente los ojos. De tarde se levantaba de su banco y echaba ramas y troncos a la rueda de lumbre” (mito cora contado por Jova Cánare y Casiano de la Cruz, en Jáuregui y Neurath, 2003, pp. 299-303).
Hay diversas maneras de conseguir el fuego; en esta ocasión, en lengua teenek, basta con pedirlo y el dueño lo otorga sin condiciones.

El fuego era un hombre llamado Diego, nunca trabajaba. Su mujer estaba harta de verlo siempre dentro de la casa y un día se puso corajuda, porque se la pasaba sin hacer nada, cerca de la lumbre. Le echó agua para que se levantara. Entonces él se fue a vivir dentro del monte, donde nadie entraba y allí estaba. La gente de la ranchería se quedó sin fuego. Se fueron a buscar al fuego-Diego y cuando lo hallaron le pidieron que regresara a la ranchería, porque ya no tenían lumbre. El fuego les dijo que ya no iba a regresar, pero que si querían les daba un tizón ardiente. Se fueron los hombres con el tizón, pero antes de llegar a la casa se apagó. Fueron otra vez a pedir la lumbre y otra vez se apagó antes de llegar al pueblo. Así pasó muchas veces. Regresaron entonces con el dueño del fuego y le sacaron el hueso del pie, lo llevaron a bendecir (Ariel de Vidas, 2003, pp. 232-233).

En general, los primeros dueños del fuego se niegan a compartirlo o lo reparten caprichosamente; son envidiosos, están enojados o simplemente fastidiados: “un hombrecito se lo prestaba a todos los hombres. Cuando la lumbre se les apagaba, nuevamente le pedían prestado el fuego y él lo volvía a repartir. Un día lo hicieron enojar, pues nomás le hacían perder el tiempo pidiéndole fuego” (Ramírez Castañeda y Tepole, 1982).
Es por eso que el fuego se obtiene con engaño o robándoselo. Los ladrones son perseguidos, maltratados, marcados; sobre el cuerpo conservan, hasta ahora, la señal de su osadía: por eso es rojo el pico del colibrí, por eso tiene flameada la cola el zorro, por eso se ven las marcas de tizón en el pelaje del ocelote, por eso la cola pelona y la bolsa en el vientre del tlacuache. El Prometeo por excelencia es el tlacuache, quien además de la cola quemada y un hueco en el vientre, tiene la capacidad para fingirse muerto, que le permitirá engañar al perseguidor o recuperarse tras ser destrozado. Así, el tlacuache va hasta donde está el dueño del fuego y le sopla cenizas en los ojos para que de momento no pueda ver. Espera a que el guardián se duerma, lo encanta, lo distrae, se emborracha y cae al fuego –como en el caso chatino en el que roba juntos el fuego, el mezcal y el tabaco–, así lo roba para todos los demás.

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